Más Europa en el Día de Europa


El sueño europeísta no pasa por su mejor momento. Ni en lo económico ni en lo emocional ni en lo político. Asistimos perplejos a la inacción de las instituciones europeas, incapaces de frenar las amenazas que nos acechan. Hoy, 9 de mayo, conmemoramos el Día de Europa en recuerdo del discurso que Robert Schumann, exministro francés de Asuntos Exteriores, pronunció en 1950: con la Declaración Schumann nació el principio de una Europa reconciliada, tras dos guerras fratricidas que destruyeron las almas y cuerpos europeos.


La vocación europeísta de los Padres Fundadores consiguió poner en común la producción del carbón y el acero de Francia y Alemania, como primer paso hacia la Unión. El romanticismo de la Comunidad para el Carbón y el Acero (CECA) puso en común las materias primas que, años atrás, sirvieron para la guerra. Schumann animó a levantar “una federación europea indispensable para la preservación de la paz”.
No obstante, con sus muchas luces y sombras, la Unión Europea sigue siendo una historia de éxito. Es el edificio más romántico que los europeos hemos edificado tras el fin de la II Guerra Mundial. Ningún espacio político mundial goza de un marco similar de respeto a los derechos humanos, bienestar social, igualdad y riqueza. Ya quisieran China, Brasil, India o Rusia una redistribución de la riqueza idéntica a la europea.
Esta situación privilegiada peligra si no modificamos nuestra estructura de veintisiete partes inconexas. La crisis del euro sería evitable si la moneda común estuviera respaldada por un verdadero Banco Central Europeo, con plenas competencias monetarias. La crisis de deuda no tambalearía los cimientos de la UE ni la felicidad de los ciudadanos del Sur, si fuéramos los Estados Unidos de Europa.
Los Estados europeos son presas fáciles para empresas y entidades financieras globalizadas. Ni el poderío alemán es suficiente para sortear los retos del futuro inminente en un mundo multipolar. De un 20 por ciento de la población mundial, en 1950; los europeos, pasaremos a representar sólo el 7 por ciento en 2050. China, superará a Estados Unidos en PIB, en sólo cinco años, según el FMI.  
No es casual que los chinos ya controlen el 97 por ciento de los “nuevos minerales” para tecnología, que se encuentran en África. O Europa aspira a competir con democracias o será sobrepasada por dictaduras “emergentes”, que en los derechos humanos y la igualdad sólo ven impedimentos para su desarrollo económico.
En política exterior, la UE es insignificante. Somos vistos como un continente de veintisiete partes irrelevantes para chinos, norteamericanos o latinoamericanos. Nuestra política energética es una lucha de intereses estatales que, además de cara e insostenible ecológicamente, no garantiza el suministro energético.
Somos líderes en derechos humanos plasmados en directivas, tratados y convenios internacionales, pero la Unión es tibia con Estados de la UE que legislan contra los derechos fundamentales y mantenemos acuerdos estratégicos, en el exterior, con enemigos de los derechos humanos; económicamente, hemos dejado atrás el optimismo especulativo y hemos caído en una eurodepresión que está condenado a la pobreza a los deficitarios europeos del sur.
La estrategia de integración ha quedado en vía muerta tras la fiesta de ingreso de los países del Este. La irrelevancia, cacofonía y falta de entusiasmo europeísta, de los líderes políticos de la UE, han esfumado la posibilidad de ingreso de Turquía, un Estado influyente en el mundo árabe que, en respuesta a la falta de respuesta de la UE, ha cambiado de aliados y ya no mira a Europa ni de reojo.
El Parlamento Europeo es el único parlamento del mundo sin iniciativa legislativa y lastrado a un segundo plano en el debate político. Las mujeres y hombres que gobiernan la Comisión Europea carecen de legitimidad democrática y son meros funcionarios nombrados a dedo por los jefes de Estado o presidentes de Gobierno de los Veintisiete. El Consejo está liderado por un líder, Van Rompuy, sin liderazgo y ninguneado por los Estados-nación.
La ciudadanía europea se aleja en lo emocional y en lo político del sueño de Robert Schumman. La ultraderecha gana la batalla a la convivencia y avisa de que lo que la UE, que nació para garantizar la paz social, se está convirtiendo en la mejor medicina para el ascenso de los populismos y la violencia contra el diferente.
A pesar de todo, la UE sigue siendo un sueño romántico para los que creemos que unir ciudadanos es más hermoso que anexionar Estados. La utopía paneuropea continúa mereciendo la pena. El europeísmo es hoy más imprescindible que nunca. Frente a la Europa de las identidades asesinas y del mercado común, hay alternativas para refundar otra Europa: humanista, solidaria, ética, federalista y sostenible en lo económico y ecológico.
Conmemorar la Declaración Schumann, 62 años después de su pronunciamiento, se convierte en un punto de inflexión en medio de esta eurodepresión. La UE, como institución política y sueño humanista, no es culpable de la gestión de sus gobernantes. Como tampoco el Estado autonómico español es responsable de la gestión que han hecho sus líderes. Hoy, como ayer, la defensa de la Unión Europea significa paz social, derechos humanos, prosperidad económica, solidaridad, humanismo y bienestar social. Unir ciudadanos y crear “solidaridades de hecho”, como expresó Schumann en 1950, sigue siendo un sueño romántico y digno de defender para conquistar el futuro de pasado mañana.
¡FELIZ DÍA DE EUROPA!

Ocho eurodiputados del PP y uno de CiU votan en contra de los DDHH de las personas LGTB


Ocho eurodiputados del PP y uno de CiU han votado en contra, en la última sesión plenaria del Parlamento Europeo (PE), de incluir a los derechos humanos de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales dentro del 'Informe Anual sobre los Derechos Humanos en el mundo y la política de la UE al respecto'. A pesar de la oposición conservadora, la enmienda ha sido aprobada por 353 votos a favor, 268 en contra y 52 abstenciones.

La sevillana Teresa Jiménez Becerril fue una de las eurodiputadas que votó en contra


La modificación a la que se han opuesto los conservadores españoles elogia los esfuerzos de la UE “por introducir la variante de orientación sexual e identidad de género” en su política exterior y reclama a los Estados miembros que defienda la retirada de la transexualidad dentro del catálogo de patologías mentales de la Organización Mundial de la Salud (OMS), reivindicación unánime de los colectivos transexuales.

El texto aprobado insta a la Comisión Europea (CE) a que elabore un “hoja de ruta exhaustiva” contra la homofobia y la transfobia que aborde las violaciones de derechos humanos contra las minorías sexuales en el mundo. Asimismo, pide también a los Veintisiete que acepten las peticiones de asilo político a las personas LGTB que “huyan de la persecución” en países donde se persiga y criminalice la diversidad sexual.

Los diputados del PP que votaron en contra fueron Pilar Ayuso, Carmen Fraga, Teresa Jiménez-Becerril, Antonio López-Istúriz, Jaime Mayor Oreja, Juan Andrés Naranjo, José Ignacio Salafranca y Aleix Vidal Quadras. Por su parte, el eurodiputado de CiU que votó en contra de los derechos humanos LGTB es Salvador Sedó, miembro de Unión, el partido más conservador de la coalición electoral CiU.

Los eurodiputados del PP que están en contra de incluir a las personas LGTB dentro de la estrategia de defensa de los derechos humanos de la Unión forman el ala más conservadora de la delegación española del Partido Popular Europeo (PPE). En diciembre de 2011, ya se desmarcaron de la lucha mundial contra el sida. Son viejos conocidos del lobby ultracatólico que vota sistemáticamente en contra de las resoluciones del Europarlamento que son favorables a los derechos humanos de lesbianas, gais, transexuales y bisexuales. 

El renacer de la ultraderecha


El 20% de votos a Marine Le Pen, candidata ultraderechista, en las elecciones presidenciales francesas se suma al avance imparable de la extrema derecha en Europa. La ultraderecha ha encontrado en la desesperanza, el desencanto y el miedo instalado en las clases populares a su mejor aliado electoral. El Gobierno de coalición entre el centro-derecha y los ultraderechistas holandeses ha caído por la negativa de los ultras a aceptar la política económica germánica. Su salida del Ejecutivo holandés los sitúa al lado de los ciudadanos más castigados por las consecuencias de la crisis económica y la disciplina fiscal europea. Los sondeos le auguran más apoyo ciudadano.



El fantasma de la ultraderecha recorre Europa y repite consignas: no al euro, no a la UE, no a la inmigración, no a los rescates bancarios, islamofobia, identidad nacional para dividir y populismo para convencer. Incluso ha llegado a renovar su imagen de antimodernidad y  logrado un eje discursivo que conecta con la sociedad urbana.

Marine Le Pen no tiene reparos en defender el matrimonio entre personas del mismo sexo y en incluir a franceses procedentes de la inmigración como primeras espadas dentro del Frente Nacional. La ultraderecha gala es la formación a la que más votan los jóvenes , por encima del Partido Socialista, y su núcleo discursivo es compartido por exvotantes de la izquierda.

Nos equivocamos si pensamos que el renacer de la ultraderecha es gracias a un electorado sociológicamente xenófobo o ultraconservador. Los trabajadores de baja cualificación, los medianos funcionarios, los habitantes de barrios populares y los jóvenes no votan a la ultraderecha pensando en exterminar a la población extranjera. Lo hacen porque ven en los extremistas un mensaje desvergonzado, de odio contra la clase política y contra los dictados  económicos de Bruselas y Merkozy. 

El renacer de la ultradererecha está directamente imbricado con las decisiones políticas de Bruselas. Una ciudadanía perdida, condenada a la pobreza, sin esperanza laboral y desconcertada ante un mundo que se desmorona, sólo es capaz de encontrar chivos expiatorios para poner orden a su desconcierto mental y anímico. Las identidades asesinas de la ultraderecha son la respuesta a un proyecto europeísta que naufraga y que ha olvidado que nació para proteger a los europeos del fantasma de la ultraderecha, no para alentar el populismo.

El fantasma de la ultraderecha no se circunscribe exclusivamente a Francia. En Alemania, 12 escaños de los landers están ocupados por radicales de derecha; en Bélgica, los xenófobos de Vlaams Belang tienen una docena de diputados en el Parlamento Federal belga y ganaron las elecciones en la ciudad flamenca de Amberes (500.000 habitantes); En Cataluña, Josep Anglada estuvo a unos pocos votos de obtener representación en la Cámara catalana.

En Holanda, la extremaderecha tuvo un 15% de sufragios en las legislativas de hace 18 meses; En Hungría, son tercera fuerza parlamentaria; en Finlandia, los Auténticos Finlandeses tienen un 20% de apoyos; en Italia, son una institución en el norte; en Dinamarca, cuentan con 22 diputados y son tercer grupo parlamentario; en Grecia, los sondeos pronostican su irrupción parlamentaria en las próximos comicios helenos y en Suecia, la ultraderecha rompió el límite para acceder al legislativo sueco en 2010 y sentó a 20 parlamentarios.

La ultraderecha europea habla más idiomas que el francés. En medio de esta deriva ultraderechista, la UE tiene que preguntarse por qué el proyecto político que nació para convertir a Europa en un oasis democrático, de paz, igualdad y bienestar se está convirtiendo en el mejor aliado para el avance de la ultraderecha. El renacer de los populistas tiene más vinculación con la dictadura de los mercados, con el dogmatismo económico inhumano del neoliberalismo y con el déficit democrático de las instituciones europeas que con la xenofobia militante.

Los analistas franceses apuntan que más del 30% de los franceses que han votado a Marine Le Pen, en la primera vuelta, lo harán por Francois Hollande, candidato socialista, y otra gran parte del pastel, del voto ultraderechista, se quedará en casa y no votará a nadie. La ortodoxia germánica y la incapacidad política de la UE no sólo está desmantelando los Estados del Bienestar, la felicidad de los ciudadanos y el sueño primitivo de la construcción europea. Además, está contribuyendo a poner en peligro la convivencia, los valores democráticos y está alentando el renacer de la ultraderecha europea gracias al voto de las clases más castigadas y que han visto en la ultraderecha algo más que xenofobia.

De ciudadanos a clientes


Los actuales sistemas europeos de protección social surgieron tras la II Guerra Mundial, a merced de un pacto entre liberales y socialdemócratas. Los liberales renunciaron a su maximalismo ideológico, reducir el Estado a la nada; los socialdemócratas dejaron atrás el marxismo, aceptaron la democracia liberal y el libre mercado. Los liberales y democristianos aceptaron el Estado social y los socialdemócratas hicieron lo propio con el capitalismo. Resumidamente, y con muchos matices, así nació el modelo político europeo que estamos enterrando.


Como consecuencia de este pacto no escrito, Europa consiguió crear sociedades prósperas en las que la cuna no marcaba el destino. Al menos, no de manera irremediable. Ascendió de las alcantarillas de la desigualdad una gran clase media que hizo posible la paz social, altos parámetros de igualdad y espantó el fantasma de los conflictos bélicos. La universalidad de los servicios públicos fue la garantía de que las élites económicas no lucharían para derrumbar el sistema en el que ellos mismos estaban incluidos como usuarios.
Por su parte, las clases populares sentían que formaban parte de un todo. De un sistema que daba el mismo servicio al dueño de una industria siderúrgica alemana que al obrero español que emigró de la depresión económica del Franquismo. Este consenso fue fundamental para lograr los acuerdos que dieron lugar al nacimiento de lo que hoy conocemos como Unión Europea. No es casual que sea en el seno de la UE donde se está tramando el desmantelamiento del Estado social, ante la mirada atónita de una socialdemocracia que es incapaz de proponer una alternativa real que no sea exclusivamente la defensa a los ataques de la derecha.
De la actual eurodepresión, la socialdemocracia ha sido tan espectadora y ejecutora como los democristianos. ¿O acaso pensaron que el Tratado de Maastricht serviría para conservar el Estado del Bienestar? ¿O que el Pacto de Estabilidad del Euro incentivaría el crecimiento económico? ¿O que el Banco Central Europeo sería el banco del euro? Ningún líder europeo socialdemócrata esgrimió oposición alguna en los Consejos Europeos donde se firmó de qué manera saldríamos de la crisis. Es más, el socialista español Joaquín Almunia, vicepresidente de la Comisión Europea y responsable de Competencia, defiende unas tesis económicas tan radicales como las de la canciller alemana Ángela Merkel.
Ahora, con el estallido de la crisis de deuda y déficit, estamos contemplando que no todos renunciaron a sus fines últimos. La socialdemocracia sí se olvidó del marxismo. Sin embargo, ni liberales ni democristianos renunciaron a su modelo económico primigenio. Una vez caído el Muro de Berlín, fracasada la alternativa política al capitalismo, la derecha europea promocionó su ideología como la única posible. La socialdemocracia creyó que la reducción de impuestos al capital y rentas altas era de izquierdas y que, con ello, no peligraría jamás el pacto del Estado del Bienestar. De aquellos lodos nos llegan estos barros.
La crisis económica está siendo el subterfugio a través del cual la derecha económica está introduciendo sus máximas ideológicas. Que por supuesto no es el copago, ni subir las tasas universitarias ni recortar la protección social de las clases populares. La aspiración maximalista de la derecha económica es la total privatización de los sistemas sanitarios y educativos públicos. Reducir el papel del Estado para que únicamente vele por la libre competencia y la seguridad policial. Ni más ni menos que convertir a los ciudadanos en usuarios de las empresas privadas, a las que sí defenderá el Estado.
El copago es la primera puerta hacia el Estado asistencial que proyecta la derecha. Comienzan por dividir a los ciudadanos según su nivel de rentas. Adulterando el principio de igualdad que garantizan nuestros sistemas de protección social. En la enfermedad, nos diferenciaba el cuadro clínico, no el nivel de rentas; en la escuela pública, el hijo de un jornalero entraba por la misma puerta, usaba el mismo pupitre y tenía los mismos docentes que el hijo del señorito de su padre.
A partir de ahora, los desempleados, que no perciban prestación, sentirán la tiranía de una ideología que les hace rebajas en los medicamentos para que sientan que están siendo mantenidos por los pudientes. Los jubilados también estarán divididos entre no contribuyentes, pobres de solemnidad y capaces. Estos últimos se quejarán de ser los que están pagando los fármacos al resto de jubilados menos afortunados. Con lo que el conflicto social está servido y, como siempre, los culpables serán los pobres. Próxima estación: que sólo tenga acceso a la protección social quien la pueda pagar.
El copago persigue la ruptura del pacto social de la Europa de posguerra. Por el que la financiación de los servicios públicos estaba asegurada gracias a un sistema fiscal justo y progresivo. El Estado social, que según el dogma sin alma de la derecha europea “no nos podemos mantener”, no morirá por la crisis económica. Ni porque sea insostenible su financiación. El fallecimiento de la igualdad morirá porque la derecha ha encontrado en la crisis el arma para destruir un sistema que aceptó por pragmatismo histórico, no por convencimiento de que es socialmente insostenible convertir a los ciudadanos en clientes.

Ni familia ni real

La fotografía del rey, delante de un elefante asesinado por manos reales, es la imagen de la crueldad, de la ostentación del poder y de la impunidad de la que goza una institución tan poco democrática como incomprensible en pleno siglo XXI. De no haber sido por el accidente del rey, no nos hubiéramos enterado de que es aficionado a la caza de animales en riesgo de extinción a costa del erario público. Tampoco hubiéramos tenido noticias de que la pose de familia ejemplar es la escenificación artificial de una estirpe que no tiene nada de modélica ni de familia ni de real.


Los cuernos de marfil nos han permitido descubrir más cuernos en una familia a la que se le mantiene para que, al menos, mantenga las apariencias. De no haber sido por el estallido informativo -en medios de comunicación fuera del establishment- no sabríamos que el rey tiene una amiga especial, aficionada a la caza de lujo y con contactos con la jet set mundial, que acude con él a más de un acto oficioso, en sustitución de la reina Sofía.

Nunca hubiéramos sospechado que Juan Carlos de Borbón no acudió a visitar a su nieto mayor a la clínica donde está hospitalizado, tras el accidente sufrido por jugar a un juego tan de niño de 13 años como son las armas de fuego; tampoco hubiéramos sabido que la reina pasa la mayoría de su tiempo en Londres, en compañía de su hermano Constantino; ni que los reyes son una pareja separada de hecho que mantiene la formas para no estropearle el reinado a su hijo Felipe.

Nadie se podía imaginar que quien ostenta la jefatura del Estado acudía a países pobres de solemnidad a cazar elefantes, a pesar de que Juan Carlos de Borbón es el presidente de honor de la ONG ambientalista WWF. Quién iba a pensar que la semana en la que la prima de riesgo española estaba desbocada, su majestad no estaría en su despacho del Palacio de la Zarzuela ejerciendo su obligación constitucional.

Quién iba a pensar que la reina no acompañaba a su marido a los viajes privados de éste, mucho menos después de que el último acto público de la Familia Real fuera la asistencia a la misa de Pascua, dando una imagen de familiar católica ejemplar. 

Otra sorpresa, gracias a la afición de Juan Carlos de Borbón a la caza de elefantes, es que el PSOE no valora los viajes privados del rey. La verborrea republicana, izquierdista y democrática, con la que el PSOE arenga a sus militantes en las Casas del Pueblo, ha quedado sepultada con el silencio infame que los socialistas guardan respecto a una actitud tan bochornosa como cruel. Apelan a la responsabilidad para no condenar una actitud tan irresponsable como inmoral.

Tampoco imaginé nunca que tendría que informarme a través de un periódico venezolano de que al rey se le vincula sentimentalmente con una princesa alemana. Ni que la RTVE fuera a recibir presiones para que no informe “más de la cuenta”. Ni que fuera a imponerme la autocensura al escribir este artículo, dada la condición de “inviolabilidad” de la que disfruta la institución monárquica en el ordenamiento jurídico español.

Tampoco hubiéramos pensado jamás que El País no informara  tal como se le presupone a una línea editorial progresista y que fuera El Mundo el que colmara las ansias informativas sobre los viajes antiéticos de su majestad.

La supuesta caída de Juan Carlos de Borbón nos deja más dudas que certezas, cuestiona la monarquía parlamentaria y la calidad de una democracia, construida sobre el miedo, que impide a los grupos parlamentarios de la izquierda preguntar en el Congreso de los Diputados cuánto, cómo, dónde y de qué manera se gasta el dinero público la Familia Real.