Cansado de ser hombre

Todas las mañanas, de todos los días, me acerco al quiosco a comprar el periódico que desde niño me abrió el apetito por conocer las entrañas del mundo. No siempre leo el mismo. Cambio buscando una noticia que me alegre el día. No lo consigo. Todos los diarios me recuerdan los versos de Neruda: “sucede que a veces me canso de ser hombre/ y es tal vez porque quiero alcanzar las estrellas;/ pero mi alma/ se avergüenza de mi raza”.




Estoy cansado de informarme de la deriva trágica que vive Europa, del chantaje de los mercados (que tienen nombres y apellidos) a los sueños de los ciudadanos. Me abruma el seguimiento que le estoy haciendo a la crisis humanitaria del Cuerno de África, aunque me alegre mínimamente porque su hambre tenga hueco en unos diarios que han dejado de ser la voz de los sin voz.

Me agota que los bancos, insensibles ante el dolor humano, desahucien de la vida terrenal a los ingenuos endeudados que pensaron que con nóminas de 1000 euros podrían pagar hipotecas de 700 ; me hiere que en el siglo XXI la violencia siga siendo la táctica mayoritaria para resolver los conflictos; me desgarra saber que un 37% de andaluces sean víctimas del fracaso escolar o que Irak y Afganistán sigan siendo un polvorín para los afganos e iraquíes, aunque en Occidente sólo nos enteremos de las muertes de nuestros soldados.

Como integrantes de esta comparsa aterradora se encuentran políticos que se autodenominan  “hombres serios  y sensatos” en busca del aplauso de los poderosos fondos de inversiones y pensiones (depositarios de la deuda de los Estados) y accionistas en un 80% de las agencias de  calificación. Desfallezco al presenciar a esta Europa que sigue buscándose entre los restos del desastre que sufrió tras dos guerras fratricidas.

Una Europa que nunca se perdonó y que camina perdida tras un modelo económico, social, político, cultural y medioambiental  que no halla. Despertó de la ensoñación que le hizo creer que con la caída del comunismo el único progreso posible vendría de la imitación del capitalismo americano. Europa, presa de su complejo de inferioridad, olvidó construir democracias y sólo ensanchó sendas sin sitio para los hombres y mujeres libres.

Sigo buscando libros, documentales y hojas de periódicos que alumbren mi angustia, sabedor de que no encontraré motivos para la alegría. Y mientras tanto, sucede que me canso de ser hombre de este continente insolidario, mercantilista, mediocre e  incapaz de unirse para poner freno a la voracidad de una agencias de (des) calificación que cumplen al dictado los mandatos de la mano que les da de comer.  Mañana volveré a pasar las páginas de los diarios en busca de motivos para honrar la vida, aunque sólo sea un espejismo que aminore momentáneamente  mi desconfianza ante el futuro inmediato.

Siempre me digo lo mismo: “mañana no compraré el periódico, necesito desinformarme de este mundo que me hiere”. Siempre sigo cayendo en las garras de la inquietud. Ingenuo de mí,  pienso que teniendo conocimiento de la realidad podré cambiarla. Nada cambia: los pobres siguen siendo  miserables y los ricos siguen siendo desalmados.

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